Seguirá en su ley…

El espejo No hay comentarios

tirofijo en su ley

Mi vecina pequinesa

Bitácora 1 Comentario

Todas las mañanas, justo 15 minutos antes de las siete, la siento salir de su apartamento vecino al mío dispuesta a atender asuntos matutinos de su especie. Va pegada al otro extremo de una correa de nylon rosado de flores lilas que jamás se tensa. No se aleja a más de un palmo de los pasos de Tomasa, una negra chocoana rotunda y alegre que la cuida como si fuera su hija y a quien Estrella simplemente tolera por los favores que recibe de ella como la empleada doméstica del apartamento que habita.

La he visto pocas veces con sus pasitos diminutos, dando salticos de pelotica de caucho, llevando un trotecito de miniatura, sin emitir el mas mínimo ruido salvo el pequeño cascabel que acompaña su medalla de vacunación colgada del collar que su dueña le puso más como adorno que como pieza obligatoria de la sanidad pública.

Es seria, altiva, y hasta creo que orgullosa de su dudoso linaje. Las pocas veces que me he cruzado con ella siquiera me dirige la mirada, sólo se limita a apuntar una de sus pequeñas orejas hacia donde estoy y me sigue con ella por el pasillo desde mi puerta y hasta el ascensor sin quitar los ojos de la pared que tiene al frente. Echada como está en el tapete de bienvenida del apartamento vecino al mío, hace de ese terreno su sagrado espacio y lo habita con la dignidad de realeza europea. Nunca jamás la he oído ladrar o emitir sonido alguno. No aúlla o gime como sus congéneres. No mueve la cola y pocas veces alza la vista hacia algún humano con sus ojos de de cristal negro escondidos detrás de una cortina de pelos color miel y negro que le cubren la cara. Que yo sepa nadie ha visto – y menos yo -, dejar abandonados sus “tesoros” dentro del edificio que habitamos juntos. A veces me pregunto si los perros son felices.

Se llama Estrella, su dueña dice que es pequinesa. A mi me parece más un cruce producto de un desliz de su madre noble con algún plebeyo irreverente. Un gozque pequinés, como decía Pacheco en Animalandia hace dos décadas y media. Llegó hace cerca de seis meses con la misma edad que tiene hoy, y con las mismas costumbres de estrato seis que le faltan a su humana.

Es adoptada, supe recientemente. Su antigua dueña, una adinerada como venerable abuela de los Altos del Chicó, decidió darla en adopción por temer que – ante su inminente partida -, sus herederos la echaran a la calle sin la compasión de hermanos que eran. También supe que heredó algunos bienes de su ex dueña y que fue birlada descaradamente en una notaría antes la imposibilidad de defenderse.

De lejos se le nota la clase. Parece que hasta extraña la hora del té, a las 5:15 de la tarde cuando su antigua dueña acostumbraba tomarlo con ella dormitando sobre sus piernas. No huele a perro y a veces creo distinguir un leve aroma a azucenas que emanan de ella cuando paso a su lado. Muchas veces he querido detenerme frente a ella y entablar relación de vecinos, pero su distancia es una cortina de tempano de hielo que yo no sé como romper. Me pregunto si los perros son felices.

Esta mañana, justo antes de las siete tocaron a mi puerta. Era Tomasa. Estrella se ha perdido desde la noche anterior cuando salió a su paseo higiénico-fisiológico. Me pregunta si la he visto desde entonces. - La veo poco cuando no está perdida, difícilmente la veré ahora, - le dije.

Desconsolada a punto de las lágrimas, Tomasa se fue al parque donde acostumbra llevar a Estrella todos los días. Luego recorre los mismos lugares que frecuentaban, desandando los pasos que dio con ella. Visita uno a uno los apartamentos del edificio. En todos obtiene la misma respuesta: nadie sabe de Estrella. Tomasa no abandona su búsqueda durante las siguientes tres semanas aunque sin éxito alguno. Estrella está perdida.

Hoy es mi cumpleaños. Ha sido un día duro en la oficina y aunque deseaba salir temprano, el ajetreo ha sido tan intenso que sólo alcancé a salir pasados unos minutos de la siete de la noche. Debo llegar al supermercado por unas cervezas y algunas aceitunas negras, tengo invitados esta noche y seguro ya están en camino. Me detengo en el supermercado a unas cuadras de mi casa, desciendo del taxi que me trajo e instantáneamente y detrás mío oigo el tintineo de un cascabel que me resulta familiar. Es estrella que lidera un grupo de perros callejeros que le triplican en estatura, van detrás de una carreta miserable tirada por un caballo decrépito y tan estropeado en su animalidad que da tristeza de sólo verlo. Le grito: – ¡Estrella! –, y ella me dirige una mirada alegre de cortesía con sus ojos de cristal negro, mueve la cola un par de veces mientas sigue con su trotecito de miniatura, dando salticos de pelotica de caucho, alza la cabeza y ladra dos veces al cielo. Luego se voltea y sigue tan campante y digna al frente del grupo.

La sigo con los ojos hasta el final de la calle tan incrédulo como asombrado; un indigente que pasa a mi lado me dice despreocupadamente: - No se llama Estrella, es Reina, la reina de la calle.

Todavía me pregunto si los perros son felices.

El mirlo rojo

Bitácora 2 Comentarios

Hace un par de noches mientas saltaba entre La Candonga Fantástica y el Feisbuc, mi buen amigo Ricardo; interesado como pocos en los temas alienígenas, ovnis y conspiraciones secretas; me ha tocado el tema del mirlo rojo.

Pues yo que nada sabía del dichoso mirlo ese, me puse en la inútil tarea de indagar sobre el tema.

Resulta que el mirlo rojo es invento – o investigación, qué se yo – del escritor J.J. Benítez (si señores el del Caballo de Troya) y trata sobre una conspiración secreta (¿acaso hay alguna conspiración pública?) de la NASA y otras siglas de esas, que – entre otras vainas - pretendía esconder unas misteriosas y gigantescas construcciones en la luna, hechas por quién sabe quién y quien sabe cuándo, y menos se sabe con qué propósito. Bueno, la vaina se supo por culpa del mirlo que le contó el cuento completo con pelos y señales a Don J.J. pero escondido detrás del nombre secreto ese de mirlo. (¿será por lo cantor?).

Les hago un resumen ejecutivo para seguir con lo mío y si quieren saber más pues le preguntan a Google que es como el profesor Bustillo de RCN pero electrónico.

La NASA y su parche de siglas amigas incluyendo a las enemigas como las rusas y las de más allá, descubrieron a mediados del siglo 20 que en la luna estaban éstas misteriosas construcciones y desde entonces nadie pudo dormir tranquilo. Se desató entonces la carrera espacial y la competencia entre las agencias espaciales estadounidenses y soviéticas por alcanzar la luna y de primera mano tener la información. El Apolo 11, Mr. Armstrong y el módulo lunar estaban todos amangualados en el tema. Cuando llegaron allá pues efectivamente si estaban los edificios gigantescos éstos como hangares y a Mr. Armstrong le dio un susto estratosférico que se le subió la frecuencia cardíaca a 160 pulsaciones por minuto y hasta casi se nos daña el paseo selenita.

Para cerrar el resumen, la NASA muy previsiva ella, decidió bombardear atómicamente esas construcciones para que la humanidad no se chiflara con la noticia. Tan bella la NASA. El caso es que con tanta radiación en la luna pues nadie volvió y el mundo no se chifló, salvo el mirlo. Ese si clasificó a manicomio. (Para mi que estaba loco desde antes)

Si se pasan por YouTube.com y buscan con las palabras “Mirlo Rojo” van a encontrar todo el material que quieran. Véanlo y luego se vuelven a pasar por aquí y me dejan un comentario.

Yo que lo vi digo que ahí no se ve nada. Una cosa borrosa, oscura, que bien puede ser un canal de televisión mal sintonizado como un Nintendo dañado; o un video hecho dentro de un closet con una vieja cámara súper 8 milímetros y persiguiendo al gato. Además, la historia me parece como del mejor estilo de rebusque culebrero. ¿Y que tal la bombardeada con bomba atómica y todo? ¿En la luna? ¿Y como fue la logística de la cosa? ¿Algún astronauta kamikaze? Por que yo de astronauta no me atrevo a dejar una bomba por allá en cuenta regresiva. ¿Qué tal que el cohete no me prenda de regreso?

Yo si me la paso preguntando por qué carajos los que filman, graban, fotografían los ovnis, los extraterrestres y todo estos temas, parece que sufrieran de párkinson severo; complicado con un pulso de maraquero de joropo llanero a 78 rpm; adobado con un astigmatismo crónico que los hace ver todo borroso y enfocan menos que nada; y de paso sufren de un optimismo exagerado que los hace pensar con las ganas.

No soy un escéptico en el tema, de hecho creo que es necesario tener la “entendedera” bien cerrada para no imaginar siquiera que allá afuera debe haber algo más que nosotros. Que más quisiera que el universo fuera propiedad exclusiva de la raza humana. Egoísta que es uno.

Yo si quiero ver un buen video de una nave extraterrestre, ¡quién no!, no estoy pidiendo calidad DVD ni nada de eso; pero tampoco me conformo una mancha temblorosa en el horizonte, o una lucecita parpadeante que bien puede ser la instalación navideña del vecino. Yo que quiero creer y las neuronas me piden pruebas, exijo una sola. Nada más.

Mientras todo esto sucede, me sigo quedando con mi alienígena favorito, que lo veo a diario bien clarito – gracias al cable - en Nick at nite. Les hablo de Alf, (o Gordon Shumway) que es su nombre de pila; que muñeco y todo como es tiene más de humano que muchos. Por lo menos más que el mirlo rojo ese si. ¿No ven que ese es un sapo?

Destino: USA, con el cupo lleno y sin escalas.

El espejo No hay comentarios

Paras Airlines