Mi vecina pequinesa

4:21 pm Bitácora

Todas las mañanas, justo 15 minutos antes de las siete, la siento salir de su apartamento vecino al mío dispuesta a atender asuntos matutinos de su especie. Va pegada al otro extremo de una correa de nylon rosado de flores lilas que jamás se tensa. No se aleja a más de un palmo de los pasos de Tomasa, una negra chocoana rotunda y alegre que la cuida como si fuera su hija y a quien Estrella simplemente tolera por los favores que recibe de ella como la empleada doméstica del apartamento que habita.

La he visto pocas veces con sus pasitos diminutos, dando salticos de pelotica de caucho, llevando un trotecito de miniatura, sin emitir el mas mínimo ruido salvo el pequeño cascabel que acompaña su medalla de vacunación colgada del collar que su dueña le puso más como adorno que como pieza obligatoria de la sanidad pública.

Es seria, altiva, y hasta creo que orgullosa de su dudoso linaje. Las pocas veces que me he cruzado con ella siquiera me dirige la mirada, sólo se limita a apuntar una de sus pequeñas orejas hacia donde estoy y me sigue con ella por el pasillo desde mi puerta y hasta el ascensor sin quitar los ojos de la pared que tiene al frente. Echada como está en el tapete de bienvenida del apartamento vecino al mío, hace de ese terreno su sagrado espacio y lo habita con la dignidad de realeza europea. Nunca jamás la he oído ladrar o emitir sonido alguno. No aúlla o gime como sus congéneres. No mueve la cola y pocas veces alza la vista hacia algún humano con sus ojos de de cristal negro escondidos detrás de una cortina de pelos color miel y negro que le cubren la cara. Que yo sepa nadie ha visto – y menos yo -, dejar abandonados sus “tesoros” dentro del edificio que habitamos juntos. A veces me pregunto si los perros son felices.

Se llama Estrella, su dueña dice que es pequinesa. A mi me parece más un cruce producto de un desliz de su madre noble con algún plebeyo irreverente. Un gozque pequinés, como decía Pacheco en Animalandia hace dos décadas y media. Llegó hace cerca de seis meses con la misma edad que tiene hoy, y con las mismas costumbres de estrato seis que le faltan a su humana.

Es adoptada, supe recientemente. Su antigua dueña, una adinerada como venerable abuela de los Altos del Chicó, decidió darla en adopción por temer que – ante su inminente partida -, sus herederos la echaran a la calle sin la compasión de hermanos que eran. También supe que heredó algunos bienes de su ex dueña y que fue birlada descaradamente en una notaría antes la imposibilidad de defenderse.

De lejos se le nota la clase. Parece que hasta extraña la hora del té, a las 5:15 de la tarde cuando su antigua dueña acostumbraba tomarlo con ella dormitando sobre sus piernas. No huele a perro y a veces creo distinguir un leve aroma a azucenas que emanan de ella cuando paso a su lado. Muchas veces he querido detenerme frente a ella y entablar relación de vecinos, pero su distancia es una cortina de tempano de hielo que yo no sé como romper. Me pregunto si los perros son felices.

Esta mañana, justo antes de las siete tocaron a mi puerta. Era Tomasa. Estrella se ha perdido desde la noche anterior cuando salió a su paseo higiénico-fisiológico. Me pregunta si la he visto desde entonces. - La veo poco cuando no está perdida, difícilmente la veré ahora, - le dije.

Desconsolada a punto de las lágrimas, Tomasa se fue al parque donde acostumbra llevar a Estrella todos los días. Luego recorre los mismos lugares que frecuentaban, desandando los pasos que dio con ella. Visita uno a uno los apartamentos del edificio. En todos obtiene la misma respuesta: nadie sabe de Estrella. Tomasa no abandona su búsqueda durante las siguientes tres semanas aunque sin éxito alguno. Estrella está perdida.

Hoy es mi cumpleaños. Ha sido un día duro en la oficina y aunque deseaba salir temprano, el ajetreo ha sido tan intenso que sólo alcancé a salir pasados unos minutos de la siete de la noche. Debo llegar al supermercado por unas cervezas y algunas aceitunas negras, tengo invitados esta noche y seguro ya están en camino. Me detengo en el supermercado a unas cuadras de mi casa, desciendo del taxi que me trajo e instantáneamente y detrás mío oigo el tintineo de un cascabel que me resulta familiar. Es estrella que lidera un grupo de perros callejeros que le triplican en estatura, van detrás de una carreta miserable tirada por un caballo decrépito y tan estropeado en su animalidad que da tristeza de sólo verlo. Le grito: – ¡Estrella! –, y ella me dirige una mirada alegre de cortesía con sus ojos de cristal negro, mueve la cola un par de veces mientas sigue con su trotecito de miniatura, dando salticos de pelotica de caucho, alza la cabeza y ladra dos veces al cielo. Luego se voltea y sigue tan campante y digna al frente del grupo.

La sigo con los ojos hasta el final de la calle tan incrédulo como asombrado; un indigente que pasa a mi lado me dice despreocupadamente: - No se llama Estrella, es Reina, la reina de la calle.

Todavía me pregunto si los perros son felices.

Un comentario

  1. sandra dice:

    Debo decir que me gusto mucho, dure un buen rato riendo….Te felicito

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