A propósito de santidad

La carreta No hay comentarios

Hace  algunos años, muy tristes debo decir, acudía a iglesias y templos de todos los pelambres buscando respuestas, ayuda, manos amigas humanas o divinas con quien paliar los malos ratos de entonces. Sentado en aquellas bancas de madera pesada  y respirando ese olor a parafina quemada tan característico de algunos de esos lugares, me imaginaba a  mi mismo en una gran sala de espera, atiborrada de cientos de pacientes adoloridos, sin turno programado y sin tiempo de atención definido para ninguno de nosotros.

Cada vez que finalizaban aquellas sesiones de responsos automáticos y movimientos mecánicos de autómatas desesperados, me quedaba una sensación de perdedor instalado en el lugar equivocado; evidentemente anacrónico y desperdiciando tiempo tratando de encontrar un interlocutor apropiado.

No hay noticias nuevas. Toda esa retahíla de frases cargadas de lamento y autocompasión no me ayudaban  a salir del problema, más bien pretendían que me acostumbrara a él; y de paso que esperara solución en otra vida cuando ya para qué quiero que resolver nada.

Les aseguro que espiritualidad me sobra. Me atrevo a decir que hasta profeso una fe que me reconforta. Sin embargo, empecé a evaluar los hechos con el rigor científico de un premio Nóbel. Me sumergí en cuanto tratado de teología encontré a la mano, me fui a hasta la única traducción del Corán que pude conocer y que leía de pies en los pasillos de una librería gracias a la alcahuetería de la dependiente. Sostuve charlas interminables, y hasta divertidas, con los emisarios ambulantes de la Iglesia de los Santos de los últimos días; devoré hasta los tuétanos las cartas de los evangelistas del nuevo testamento; fui insultado por dudar del establecimiento y maldecido por señoras de alguna cosa que se llama como la Renovación Carismática. Biblia en mano, me senté a tomar cerveza con Samuel, mi buen amigo judío, él armado con la Torá y yo con mis dudas. Recibí bienvenidas y parabienes de gnósticos objeto de mis consultas y hasta una tía me dijo que siempre había pensado, y ahora lo comprobaba, que su sobrino andaba desquiciado – “y hasta comunista que serás”- remató deciendo.

Como era de esperarse del rigor científico de alguien que nunca será premio Nóbel de nada, a menos que den uno por la ignorancia, (algo así como el anti-Nóbel), al final no encontré ninguna respuesta contundente que resolviera mis dudas. Pero como las respuestas son como las oportunidades, que aparecen en cualquier parte y cuando menos se buscan, un iluminado día de invierno la respuesta me cayó del cielo literalmente. Ese buen día, parado en la calle implorando por un taxi libre que me llevara a mi casa, desde un edificio cercano alguien lanzaba papelitos invitando a no se que celebración. Para no alargar la cosa, una de las frases del papelito decía, y cito textualmente ya que aún lo conservo: “…dónde dos o tres se reúnan en mi nombre, ahí estaré…”

Hoy puedo asegurar que mi fe y mi espiritualidad siguen intactas. Definitivamente creo.  Creo en la grandeza del aquel hombre del que, hoy dos mil años después, seguimos hablando como si de verdad fueran nuevas noticias. También creo que cabe en cualquier creencia. Porque sus enseñanzas simples no van en contravía de ninguna otra. Bien pude ser recordado con una cruz, una estrella, una luna, un obeso o cualquier otro símbolo que en realidad importa poco ante la inmensidad del legado.

Creo que quizá mi búsqueda no fue en vano. Estoy seguro que no necesito intermediarios entre Él y yo. Nadie los necesita. El mensaje es tan claro que no necesita intérpretes; la sencillez es tan importante que el boato y la pompa ofenden; cualquier argumento añadido sobra ante la elocuencia del mensaje primigenio.

No necesito explicaciones sobre la humanidad o divinidad del personaje. Me basta con entender sus enseñanzas y llevarlas como mi credo particular que profeso a diario, lo vivo y lo aplico en cada cosa que hago. Creo en la calidad original del mensaje y muy poco en la franquicia representada por humanos de mente estrecha y bolsillos hambrientos.

No volví a la sala de espera. Allí nunca me iban a atender.

Alfonso Mogollón ©
www.candongafantastica.com