El vaso medio lleno o medio vacío

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Seguramente está medio vacío. Porque la verdad no espero llegar a tener más de ochenta años. De eso se trata esta retardada nota, de mis recorridos cuarenta y cinco años y de cómo he sobrevivido a ellos con apenas una calvicie temprana y un mal genio congénito.

El próximo 24 de junio cumplo cuarenta y cinco años. Llego a ellos, o ellos me llegan a mí, con la dignidad de haber echado mano del espejo retrovisor y al menos quedar empatado en el resultado finalizado el balance.

Nací a mediados de los sesenta, obviamente no recuerdo nada de esa época, mis primeros recuerdos son cercanos al año setenta y dos. De ellos me quedan apenas algunas luces de navidades con juguetes de metal, pistolas de láser que lanzaban chispas gracias a piedras de encendedor y el olor a mertiolate obligatorio después de cada porrazo. Recuerdo muy bien, eso si, vacaciones en casa de mi abuela con los pies descalzos, los partidos de fútbol y de béisbol y de más mertiolate.

A finales de los setenta sobreviví a un ahogamiento en un abrevadero de ganado; pero también sobreviví a la bicicleta y el monopatín que eran mis compañeros de todos los días; mi vida de entonces se movía entre las copas de los árboles de almendro donde me trepaba a hacer no recuerdo que cosa y los robos de mangos en los patios de las casas vecinas a las de mi abuela en el pueblo donde crecí. Con todo eso también vino mucho mertiolate. La verdad no me acuerdo mucho del mertiolate y si de los buenos momentos antes y después de él. Sobreviví a todo eso con el estoicismo del que espera mejores cosas.

En los ochentas realmente si fui un sobreviviente. Era el Medellín de los ochenta, con eso les cuento todo. Y no lo digo si no por el Betamax; el copete de Alf; los primeros aguardientes; las paisas con sus pantalones RDJ hiperajustados; las motos de mis amigos; el primer Walkman y a los casettes de metal y de noventa minutos (¡guaooo!); a la rumba en el Cucudrulu y la bailada en La Sombrilla; los piques de cuarto de milla en la recta de Cementos Argos; la batería en el grupo de rock; los Renault 18 dos litros sin cinturones de seguridad. Sobreviví a los Webinson´s; a las Katherinas y a José Tadeo que siempre me quiso llevar por el mal camino y yo nunca me dejé. Luego lo encontraría yo solo.

Sobreviví a la separación de mis padres sin demasiados rencores; a vivir sólo y tener que cocinarme yo mismo; sobreviví veinticinco días a mi primer trabajo, a escribir sin computadores, a hablar sin celular, y a encontrarme con mis amigos en El Tejadote y no en el chat.

En lo noventa sobreviví a un mal jefe; a las locuras de Marión y de Julio; a las sesiones de fotografía publicitaria con modelos en vestidos de baño en las Islas del Rosario; sobreviví a un mal matrimonio y a otro par de malas decisiones; sobreviví y sufrí las derrotas de la selección Colombia de fútbol en tres mundiales; amanecí jugando (mal) dominó con buenos amigos; sobreviví a sus separaciones también y a tener que alejarme de ellos para buscar otras oportunidades. Como si fuera poco, cerrando esa década, sobreviví a un secuestro.

Hoy, sentado en esta comodidad de mis cuarenta y cinco, me gustaría volver a esas navidades del setenta y dos con los juguetes en la calle aunque me corten y me quemen. Seguramente ya no puedo subirme a un almendro, pero quizá sea capaz de robarme un mango. Pocas cosas me sorprenden demasiado como aquellas tantas primeras veces de los ochenta; aunque ya no me sorprendan me gustaría repetir alguna. Creo que no es tarde para recordar a tanta gente que conocí cuando trabajaba en publicidad; ojalá puedan leer esto. Mis buenos amigos del dominó siguen siendo mis amigos, aunque ya sin dominó.

Hoy, sentado en esta comodidad de mis cuarenta y cinco confieso que fui un sobreviviente gracias a todo esto.

Alfonso Mogollón ©
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