Bueno, debo aclarar, (antes que protesten mis antepasados sajones – si es que acaso tengo alguno), que de negro tengo externamente muy poco.
Vamos por partes: De la cadencia al bailar y cantar estoy distanciado de forma irreconciliable casi desde que nací. Mi bronceado es del tipo Parmalat. De hecho es casi verde pistacho. Soy incapaz de salir a la calle con una camisa roja, chaqueta anaranjada y zapatos blancos y sentir que Oscar de la Renta es un pobre pendejo. Si acaso llego a los un metro setenta de estatura. De fibra muscular mejor no hablemos porque me recuerda las incontables horas que me paso en el gimnasio con resultados inversamente proporcionales al tamaño de la cifra que pago anualmente por la membresía.Hasta sólo hace unos días, creía que Hip Hop era un chicle de bomba; para cerrar esta parte, no tengo en la cabeza un pelo que se pueda poner crespo; y créanme que por física vergüenza no revelo más detalles sobre ningún otro atributo extraordinario.
Aunque en situaciones normales estas notas pretenden ser humorísticas, realmente el tema es tan serio que no creo que cause risa alguna.. He descubierto que me duele África. Me conmueve su historia. Me inquieta su futuro.
De alguna manera, muchos hemos terminado llamándola “Mamá África” casi siempre sin saber siquiera que esa es una verdad irrefutable y no sólo una simple expresión casual. Hace sólo unos meses alguno de esos canales de cable que tratan sobre temas científicos, reveló que finalmente la humanidad se originó en África y de allí emigraron a los otros continentes. En resumen todos somos africanos. Sin embargo, estamos muy lejos de sentir nada diferente a lejanía por ese continente. Y si eso no fuera cierto, ¿Quién puede negar la herencia cultural – y quizá más que eso - que llegó a nosotros de manos de sus hijos esclavos?
África está llena de contrastes. Es como un continente en blanco y negro (donde abunda más el negro), pero de forma irremediable sometido por el blanco. Durante tres siglos fue víctima de uno de esos geniales inventos de la maldad humana: la esclavitud. Casi inmediatamente después de su abolición, África fue desmembrada y repartida como quien corta y reparte una torta de chocolate. El colonialismo europeo le impuso fronteras que no tenía; separó y dispersó pueblos inmensamente ricos en cultura y también en oro (realmente ese era el fin); impuso condiciones de blancos en tierra de negros. Algunos años después, forasteros llegan nuevamente a imponer condiciones a los dueños de la casa. “No tienes derechos, negro”; y ellos: los negros, soportaron todo esto si acaso con algunas pocas preguntas algunos y otros, mas resueltos, con la lanza en la mano.
África ha sufrido también el dolor de su propia sangre. De sus entrañas han surgido líderes oscuros, que sufrieron y aprendieron de la opresión pero la siguen ejerciendo. Dictadores, tiranos, explotadores de minas y alguno que otro más de la misma ralea.
Pero también, y para ventura de muchos (¿de todos?), sólo África pudo producir hombres como Nelson Mandela; solo África pudo darle espacio a un alma grande como Gandhi; sólo África pudo inspirar a genios de la talla de Bob Marley ó Martin Luther King; sólo un continente de esas calidades puede mantenerse aún en pié y mas fuerte que nunca después de la incesante cadena de hechos que durante siglos han pretendido aplastarla bajo el dominio blanco que el tiempo ha demostrado inocuo pero que en el entretanto África pagó con sangre.
Por eso hoy me levanto del letargo del tiempo y luzco con orgullo aquellos pocos genes que me quedan ya de mi lejana herencia africana.
Conocí a Bongani a las 9:00 de la mañana, tiene 65 años que parecen 40, un hijo de 45, cinco más entre los 12 y los 30; uno de ellos,su hija menor,fue violada por asaltantes en su propia casa. Hoy tiene sida.Bongani se gana la vida como guía turístico en el Township de Soweto. Un asentamiento humano distante 24 kilómetros de Johannesburgo que alberga a más 4 millones de personas casi todas en rampante miseria. Bongani habla tres idiomas: xhosa, zulú einglés, aunque parecen uno solo por la forma como mezcla palabras de uno y otro repetidamente para aumentar mi dificultad de entenderle.
Bongani no sabe nada de Colombia, para él, América tiene dos países: Estados Unidos y Brasil, los demás simplemente no existen. Sólo tiene hasta segundo nivelde bachillerato, “No necesito más” me dijo, y es cierto. Bongani creció en Johannesburgo durante la época del Apartheid, no tenía derecho a nada salvo a ser negro; pero hoy está orgulloso de su presidente Jacob Zuma. “Hay que darle tiempo para que se vean las reformas sociales”, me dice con más intención de convencerse a si mismo que a mi.
Bongani adora a Nelson Mandela, a quien se refiere como “El señor Mandela”, él mismo es miembro del Congreso Nacional Africano el más importante partido político de su país, y repite una y mil veces que en el Soweto, ricos y pobres viven en completa armonía. Un Ferrari 599 GTB rojo se detiene justo a nuestro lado. Estamos en la zona más deprimida del Soweto. A tres metros de aquí, una batería de seis baños portátiles es usada por 250 personas que no tienen baños en sus casas de cartón y zinc.El gobierno los limpia dos veces al día.
Salimos del Soweto a eso del medio día. Dejamos a Bongani en una intersección de dos grandes autopistas de ocho carrilles; ocho en cada sentido. Le doy una propina de 15 dólares que no podrá cambiar a Rands, su moneda local, si no muestra antes un pasaje de avión al exterior y un pasaporte que nunca ha tenido. Mercado negro puede ser una frase redundante en África.
En el otro lado de la ciudad, nos detenemos frente a una mansión de cerca de 10.000 metros cuadrados. Los jardines colgantes de Babilonia de seguro envidiarían la belleza de éstos. Su dueño tiene que ver algo con diamantes. No entendí bien y tampoco quise preguntar más. Se llama Erick Van Bourn, tiene alrededor de 40 años, es soltero y conoce bien su negocio para hablar sólo lo justo sobre él.
Erick ha visitado casi todos los países del mundo, de negocios - me dice- , viaja dos veces al año, tiene seis automóviles en su mansión de Johannesburgo. Va a su oficina sólo tres horas diarias y trabaja vía celular el resto del tiempo. Tiene diez empleados permanentes, todos son blancos. En las juntas de trabajo se habla Afrikaans. Es uno de los mayores importadores de piedras preciosas desde Tanzania. Él mismo se considera un europeo en África, “por accidente”, nos dice; aunque su familia ya cumple siete generaciones en esta tierra.
En Ciudad del Cabo, 1400 kilómetros al suroeste de Johannesburgo, Inziko, entra a trabajar como mesero de Steers en la zona turística del Waterfront. Lleva tres años en este trabajo aunque es microbiólogo. Con casi el 40% de desempleo, las oportunidades de trabajo son escasísimas en Sudáfrica. Iziko no se queja, los ocho dólares diarios que le quedan después de pagar casi el 20% en transporte hacia y desde su casa, son suficientes para llevar comida a su mesa; aunque no alcance para nada más. “Ahora estoy bien”, me dice, “Cuando vivía en Durban, ni con el doble de eso podría pagar transporte; simplemente eso no existe”.
Iziko vino hace poco más de tres años soñando con trabajar como microbiólogo, tras 6 meses de entrevistas , decidió buscar una alternativa. Hoy se le ve feliz como mesero, vive con poco pero requiere poco. No espera mucho de la vida; y cuando mira al mar y ve a los lejos la otrora isla prisión de Robben Island recuerda a su padre, un ex prisionero político que pagó 17 años de prisión en esa isla. Cuando Iziko decidió viajar a Ciudad del Cabo, su padre lo miró con tristeza y le anunció que nunca lo iría a visitar. Iziko quiere aprender a hablar español. “Me gusta Argentina, buen fútbol y tango”; algún día quizá, le digo a Iziko.
Ahora que pienso en todo esto, dos semanas después de haber regresado, veo estas historias como una película en blanco y negro. No hay tonos de gris en esta trama, las diferencias son tan grandes que esos grises se pierden en el medio. Desde la miseria en la peor parte del Soweto de Bongani, hasta los Audi TT de Erick.
Quizá Iziko le ha puesto el punto intermedio que no se donde ubicar.Como tampoco puedo ubicar en ninguna parte, a un país que sufre el 40% de desempleo, 30% de casos reportados como positivos de sida; una red de carreteras digna del viejo mundo o aún mejor; una riqueza cultural llena de matices; la superación de tiempos violentos realmente difíciles y muchas cosas más igual de estrambóticas.
Creo que el resumen debe ser en blanco y negro, no pienso en mejor título para esta nota que habla del sur del continente africano. O quizá deba escribir “Wit and mnyama”