Conocí a Bongani a las 9:00 de la mañana, tiene 65 años que parecen 40, un hijo de 45, cinco más entre los 12 y los 30; uno de ellos,su hija menor,fue violada por asaltantes en su propia casa. Hoy tiene sida.Bongani se gana la vida como guía turístico en el Township de Soweto. Un asentamiento humano distante 24 kilómetros de Johannesburgo que alberga a más 4 millones de personas casi todas en rampante miseria. Bongani habla tres idiomas: xhosa, zulú einglés, aunque parecen uno solo por la forma como mezcla palabras de uno y otro repetidamente para aumentar mi dificultad de entenderle.
Bongani no sabe nada de Colombia, para él, América tiene dos países: Estados Unidos y Brasil, los demás simplemente no existen. Sólo tiene hasta segundo nivelde bachillerato, “No necesito más” me dijo, y es cierto. Bongani creció en Johannesburgo durante la época del Apartheid, no tenía derecho a nada salvo a ser negro; pero hoy está orgulloso de su presidente Jacob Zuma. “Hay que darle tiempo para que se vean las reformas sociales”, me dice con más intención de convencerse a si mismo que a mi.
Bongani adora a Nelson Mandela, a quien se refiere como “El señor Mandela”, él mismo es miembro del Congreso Nacional Africano el más importante partido político de su país, y repite una y mil veces que en el Soweto, ricos y pobres viven en completa armonía. Un Ferrari 599 GTB rojo se detiene justo a nuestro lado. Estamos en la zona más deprimida del Soweto. A tres metros de aquí, una batería de seis baños portátiles es usada por 250 personas que no tienen baños en sus casas de cartón y zinc.El gobierno los limpia dos veces al día.
Salimos del Soweto a eso del medio día. Dejamos a Bongani en una intersección de dos grandes autopistas de ocho carrilles; ocho en cada sentido. Le doy una propina de 15 dólares que no podrá cambiar a Rands, su moneda local, si no muestra antes un pasaje de avión al exterior y un pasaporte que nunca ha tenido. Mercado negro puede ser una frase redundante en África.
En el otro lado de la ciudad, nos detenemos frente a una mansión de cerca de 10.000 metros cuadrados. Los jardines colgantes de Babilonia de seguro envidiarían la belleza de éstos. Su dueño tiene que ver algo con diamantes. No entendí bien y tampoco quise preguntar más. Se llama Erick Van Bourn, tiene alrededor de 40 años, es soltero y conoce bien su negocio para hablar sólo lo justo sobre él.
Erick ha visitado casi todos los países del mundo, de negocios - me dice- , viaja dos veces al año, tiene seis automóviles en su mansión de Johannesburgo. Va a su oficina sólo tres horas diarias y trabaja vía celular el resto del tiempo. Tiene diez empleados permanentes, todos son blancos. En las juntas de trabajo se habla Afrikaans. Es uno de los mayores importadores de piedras preciosas desde Tanzania. Él mismo se considera un europeo en África, “por accidente”, nos dice; aunque su familia ya cumple siete generaciones en esta tierra.
En Ciudad del Cabo, 1400 kilómetros al suroeste de Johannesburgo, Inziko, entra a trabajar como mesero de Steers en la zona turística del Waterfront. Lleva tres años en este trabajo aunque es microbiólogo. Con casi el 40% de desempleo, las oportunidades de trabajo son escasísimas en Sudáfrica. Iziko no se queja, los ocho dólares diarios que le quedan después de pagar casi el 20% en transporte hacia y desde su casa, son suficientes para llevar comida a su mesa; aunque no alcance para nada más. “Ahora estoy bien”, me dice, “Cuando vivía en Durban, ni con el doble de eso podría pagar transporte; simplemente eso no existe”.
Iziko vino hace poco más de tres años soñando con trabajar como microbiólogo, tras 6 meses de entrevistas , decidió buscar una alternativa. Hoy se le ve feliz como mesero, vive con poco pero requiere poco. No espera mucho de la vida; y cuando mira al mar y ve a los lejos la otrora isla prisión de Robben Island recuerda a su padre, un ex prisionero político que pagó 17 años de prisión en esa isla. Cuando Iziko decidió viajar a Ciudad del Cabo, su padre lo miró con tristeza y le anunció que nunca lo iría a visitar. Iziko quiere aprender a hablar español. “Me gusta Argentina, buen fútbol y tango”; algún día quizá, le digo a Iziko.
Ahora que pienso en todo esto, dos semanas después de haber regresado, veo estas historias como una película en blanco y negro. No hay tonos de gris en esta trama, las diferencias son tan grandes que esos grises se pierden en el medio. Desde la miseria en la peor parte del Soweto de Bongani, hasta los Audi TT de Erick.
Quizá Iziko le ha puesto el punto intermedio que no se donde ubicar.Como tampoco puedo ubicar en ninguna parte, a un país que sufre el 40% de desempleo, 30% de casos reportados como positivos de sida; una red de carreteras digna del viejo mundo o aún mejor; una riqueza cultural llena de matices; la superación de tiempos violentos realmente difíciles y muchas cosas más igual de estrambóticas.
Creo que el resumen debe ser en blanco y negro, no pienso en mejor título para esta nota que habla del sur del continente africano. O quizá deba escribir “Wit and mnyama”