Auditores, contralores y notarios favor abstenerse

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“Los hechos y personajes narrados a continuación son producto de la imaginación del autor y no representan situaciones ni personas reales. Cualquier parecido con la realidad es pura coincidencia”

Con este pronunciamiento deberían comenzar las notas que escribo y sin embargo nunca lo hago. Por eso, es mi obligación aclararles a todos mis poquísimos lectores que la principal fuente en la que me documento para escribir estas notas no es más que mi imaginación.

Lo hago por el simple placer de contar historias, quizá también ayude saber que alguien las lee, y me gusta aún mucho más cuando algún lector agradado u ofendido me deja un comentario.  Quizá los primeros tengan no tan buen gusto literario y los segundos sean personas con los pies muy en la tierra. Mis gratitudes y disculpas para unos y otros.

Estas historias no son reales – insisto-, son el producto de recuerdos imaginados.  Me gusta recordar que las cosas pasaron así como las imagino y no como realmente fueron; quizá porque la realidad, - mi realidad, - es lo suficientemente común y corriente como para no merecer una historia interesante que contar.

Contar historias me produce un efecto liberador. Es mi particular puerto de zarpe a un mundo irreal donde tengo el egoísta poder de dar vida y sentido a situaciones y personajes que nunca existirán. Soy dueño de lo que viven, de lo que piensan; soy el señor de su pasado y de su futuro. Sin mayor esfuerzo que el de pulsar unas cuantas teclas,  rebusco en el baúl de los recuerdos y con ellos construyo historias que nunca sucedieron.

Traer a la realidad presente una de esas historias es como detener un estornudo.  Queda la sensación del vacío pendiente que ya no podrá ser llenado. Fue una historia que se perdió para siempre y que no tendrá más aquel efecto liberador.

No es necesario hacer esfuerzo alguno por encontrar entre líneas situaciones reales ni personas que quizá conocen. No las encontrarán; y si acaso pasa, de seguro estaba pensando en otra cosa cuando lo escribí.  Quizá en algún momento un personaje puede parecer conocido, podrá tener mucho de aquel amigo de la niñez que muchos me conocieron. Les aseguro que fue inspirado por el gato del vecino.

Este espacio entonces no requiere de ancla, ni cable a tierra, ni un notario que de fe de lo que aquí pasa. Mis historias viven por si mismas en aquel mundo del imaginario personal de donde salieron inventadas sin aprobaciones requeridas ni camisas de fuerza de ninguna talla.

Lejos estoy de considerarme siquiera un articulista de segunda; mucho menos voy a pecar de orgulloso escritor. Ambos títulos me quedan tan grandes como ridículamente postizos. Sin embargo, seguramente seguiré contando historias de mentira mientras La Candonga Fantástica siga en línea. También se seguirán publicando en el feisbuc, si antes no me mamo de esta hoguera de las vanidades.

Eso si, siempre les agradeceré sus comentarios, buenos o malos. Me da igual mientras sepa que alguien me lee.  Auditores, contralores y notarios favor abstenerse

Alfonso Mogollón ©
www.candongafantastica.com

De mi gusto por el rock y como desarrollé afición a él.

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Amar el buen rock es quizá una de las mayores satisfacciones que disfruto de la vida. Es difícil que pueda comparar el golpe emocional que me causan las polifonías maravillosas durante el fraseo de un par de guitarras eléctricas, mientras un bajo galopa sobre la energía incontenible de una batería. No digo que es la mejor música del mundo, también encuentro un placer similar oyendo, por ejemplo, una de las danzas húngaras de Brahms. Les hablo de la satisfacción que me causa. Además, estoy dando por sentado que la banda de rock sabe lo que hace.

Hace muchos años, cuando niño en nuestra vieja casa familiar en el barrio Rosales del Medellín de inicios de los ochentas, mi universo musical se limitaba, (y doy por descontado la música folclórica colombiana), a Javier Solís, Juan Legido y Alfredo Sadel salidas del gusto musical de mi padre. Y si acaso lo que más se acercaba, al rock que entonces no conocía, era la música de la nueva ola (léase plancha), a cargo de una corte de señoritingos con peinado de salón que tenían nombres tan raros como amanerados y que sonaban como Sabú, Billy Pontoni, Sandro y no se cuantos más del mismo corte, y que fascinaban a una de mis hermanas.

No existían entonces emisoras en FM. Mucho menos emisoras en FM que tocaran rock. Solo había en aquel entonces, un par de locos que se dedicaban a poner lo poco que se podía del rock, traído casi siempre de contrabando, en una emisora de AM que entonces se llamaba La voz del cine (o no recuerdo si fue Emisoras El Poblado). Aquellos de la época recordarán a Donnie Miranda y a Tito López. Hoy reconocidas figuras de la radio nacional pero en el “Offline”

Con la calidad del AM de los ochentas, escuché por primera vez en mi vida el fraseo de la guitarra de Ritchie Blacmore de Deep Purple en Smoke on the water. Quedé paralizado de brazos y piernas, me tragué un botón que tenía en la boca y dejé caer mi calculadora Texas Instruments que se deshizo en pedazos. Mi madre me sentenció a conocer al diablo si seguía oyendo este estruendo infernal. La verdad, tuvo razón; una vez creí ver al diablo cuando, aún con el AM encendido, Tommy Iommi salió de del radio (Un grabadora pirata marca Unisef. Si, con S), para darle vida en mis oídos incrédulos a un magistral Iron Man. Ozzy Osbourne hizo el resto.

Los años siguientes y los buenos amigos con dinero que viajaban a Estados Unidos, permitieron que llegaran a mis manos las cintas de casetes, discos de 45 RPM que con sólo dos canciones cada uno ampliaron el horizonte al que me tenía limitado el AM. Una tarde de sábado de 1980, a eso de las 4:30 en casa de Juan Carlos Johnson y de manos (¿debería decir orejas?) de su hermano Jorge, conocí a Queen y a AC/DC. La dimensión de mi universo cambió para siempre.

Como era de esperarse, la Juventud, la pasión y la ignorancia que es atrevida, me llevaron a integrar, en la batería y percusión,  una banda de rock criollo que desde el mismo momento de su nacimiento estaba condenada al fracaso. Lo primero que falló fue la iniciativa de cantar en inglés que nadie sabía; luego, de los cuatro músicos sólo dos tenían escuela (yo me cuento entre los analfabetas musicales), para complicarla más, el repertorio se limitaba a “covers” de Queen y Rush (cosa que casi nadie ha hecho en todo el mundo durante todo el tiempo que llevamos oyendo rock. ¿Será por fácilistas?), y para cerrar, el patrocinio de los padres no llegaba muy lejos. 1985 (así se llamaba la banda), nació prematura y murió en el parto, amenizada por los alarido de Gabriel Puerta, a la sazón cantante de la banda. Lo único que se le debería reconocer a 1985 es que el guitarrista y el bajista si eran buenos músicos y dieron la talla en el circuito del rock nacional.

Luego del fracaso como interprete musical, sin perder la pasión por el rock y convencido que vendrían mejores cosas (aquí si acerté de lleno), durante los siguientes años me dediqué a buscar, escuchar y desechar a innumerables bandas de todos los pelambres. Aquella nueva dimensión de este lado del universo merece más estrellas que las que conocía hasta entonces. La intensidad fue en ascenso como debía esperarse, y con los años la fogosidad se fue aplacando para darle cabida a bandas mas sinfónicas y menos estruendosas. Iron Maiden puede ser un buen primer ejemplo y The Rolling Stones un buen segundo.

A todo aquel que no le guste el rock lo invito a escuchar tan sólo una canción de AC/DC. Si prefieren algo menos duro, les sugiero entonces a Queen; si aún así les parece mucho escándalo, hagan la tarea con Kings of Leon. Sólo hagan el ejercicio y me cuentan sus impresiones. Me voy a tomar el gustoso trabajo de poner un par de esas canciones en el Feisbuc sólo para facilitar la dinámica.

Al final, se darán cuenta que el buen rock termina siendo muy parecido al buen vino: Si se hace con esmero se pone bueno con los años, el buen rock es aquel que te gusta y hay una inmensa gama de opciones para escoger.

Salud al paladar y los oídos.

Alfonso Mogollón ©
www.candongafantastica.com