De mi gusto por el rock y como desarrollé afición a él.
February 6, 2010
9:55 pm
Alf
La carreta
Amar el buen rock es quizá una de las mayores satisfacciones que disfruto de la vida. Es difícil que pueda comparar el golpe emocional que me causan las polifonías maravillosas durante el fraseo de un par de guitarras eléctricas, mientras un bajo galopa sobre la energía incontenible de una batería. No digo que es la mejor música del mundo, también encuentro un placer similar oyendo, por ejemplo, una de las danzas húngaras de Brahms. Les hablo de la satisfacción que me causa. Además, estoy dando por sentado que la banda de rock sabe lo que hace.
Hace muchos años, cuando niño en nuestra vieja casa familiar en el barrio Rosales del Medellín de inicios de los ochentas, mi universo musical se limitaba, (y doy por descontado la música folclórica colombiana), a Javier Solís, Juan Legido y Alfredo Sadel salidas del gusto musical de mi padre. Y si acaso lo que más se acercaba, al rock que entonces no conocía, era la música de la nueva ola (léase plancha), a cargo de una corte de señoritingos con peinado de salón que tenían nombres tan raros como amanerados y que sonaban como Sabú, Billy Pontoni, Sandro y no se cuantos más del mismo corte, y que fascinaban a una de mis hermanas.
No existían entonces emisoras en FM. Mucho menos emisoras en FM que tocaran rock. Solo había en aquel entonces, un par de locos que se dedicaban a poner lo poco que se podía del rock, traído casi siempre de contrabando, en una emisora de AM que entonces se llamaba La voz del cine (o no recuerdo si fue Emisoras El Poblado). Aquellos de la época recordarán a Donnie Miranda y a Tito López. Hoy reconocidas figuras de la radio nacional pero en el “Offline”
Con la calidad del AM de los ochentas, escuché por primera vez en mi vida el fraseo de la guitarra de Ritchie Blacmore de Deep Purple en Smoke on the water. Quedé paralizado de brazos y piernas, me tragué un botón que tenía en la boca y dejé caer mi calculadora Texas Instruments que se deshizo en pedazos. Mi madre me sentenció a conocer al diablo si seguía oyendo este estruendo infernal. La verdad, tuvo razón; una vez creí ver al diablo cuando, aún con el AM encendido, Tommy Iommi salió de del radio (Un grabadora pirata marca Unisef. Si, con S), para darle vida en mis oídos incrédulos a un magistral Iron Man. Ozzy Osbourne hizo el resto.
Los años siguientes y los buenos amigos con dinero que viajaban a Estados Unidos, permitieron que llegaran a mis manos las cintas de casetes, discos de 45 RPM que con sólo dos canciones cada uno ampliaron el horizonte al que me tenía limitado el AM. Una tarde de sábado de 1980, a eso de las 4:30 en casa de Juan Carlos Johnson y de manos (¿debería decir orejas?) de su hermano Jorge, conocí a Queen y a AC/DC. La dimensión de mi universo cambió para siempre.
Como era de esperarse, la Juventud, la pasión y la ignorancia que es atrevida, me llevaron a integrar, en la batería y percusión, una banda de rock criollo que desde el mismo momento de su nacimiento estaba condenada al fracaso. Lo primero que falló fue la iniciativa de cantar en inglés que nadie sabía; luego, de los cuatro músicos sólo dos tenían escuela (yo me cuento entre los analfabetas musicales), para complicarla más, el repertorio se limitaba a “covers” de Queen y Rush (cosa que casi nadie ha hecho en todo el mundo durante todo el tiempo que llevamos oyendo rock. ¿Será por fácilistas?), y para cerrar, el patrocinio de los padres no llegaba muy lejos. 1985 (así se llamaba la banda), nació prematura y murió en el parto, amenizada por los alarido de Gabriel Puerta, a la sazón cantante de la banda. Lo único que se le debería reconocer a 1985 es que el guitarrista y el bajista si eran buenos músicos y dieron la talla en el circuito del rock nacional.
Luego del fracaso como interprete musical, sin perder la pasión por el rock y convencido que vendrían mejores cosas (aquí si acerté de lleno), durante los siguientes años me dediqué a buscar, escuchar y desechar a innumerables bandas de todos los pelambres. Aquella nueva dimensión de este lado del universo merece más estrellas que las que conocía hasta entonces. La intensidad fue en ascenso como debía esperarse, y con los años la fogosidad se fue aplacando para darle cabida a bandas mas sinfónicas y menos estruendosas. Iron Maiden puede ser un buen primer ejemplo y The Rolling Stones un buen segundo.
A todo aquel que no le guste el rock lo invito a escuchar tan sólo una canción de AC/DC. Si prefieren algo menos duro, les sugiero entonces a Queen; si aún así les parece mucho escándalo, hagan la tarea con Kings of Leon. Sólo hagan el ejercicio y me cuentan sus impresiones. Me voy a tomar el gustoso trabajo de poner un par de esas canciones en el Feisbuc sólo para facilitar la dinámica.
Al final, se darán cuenta que el buen rock termina siendo muy parecido al buen vino: Si se hace con esmero se pone bueno con los años, el buen rock es aquel que te gusta y hay una inmensa gama de opciones para escoger.
Salud al paladar y los oídos.
Alfonso Mogollón ©
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